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LAS ESTACIONES DE LA VIDA
de Pedro Emilio Carlini,
La capacidad de soñar es propiedad inalienable del ser humano; de chicos empezamos a crear, elaborar y desarrollar nuestros sueños. Construimos un mundo paralelo en donde nuestros amigos invisibles comparten enormes y felices momentos de una vida inventada por nosotros mismos. En esos sueños infantiles no existen el dolor, la amargura, las traiciones ni las desiluciones; los héroes son mas héroes y los triunfos se dan por descontados; las verdades son verdades y las mentiras se parecen, justamente, a las mentiras; no hay disfraces, no existen los recursos del idioma: los eufemismos se desconocen, la dialéctica no existe, los sofismas no pretenden demostrar nada y la retórica se muere de hambre en un rincón, olvidada y mascando su palabrerío inútil. En esos sueños de purrete, se es valiente sin grupo y no solamente no cuesta caro, sinó que es lo que mas conviene porque el cobarde no existe y nadie puede matarte por ponerte al frente.
Pero un día, álguien, algo te pega un sopapo de esos, bien de "bute" y te despierta de golpe. Con los ojos adolescentes ves que el mundo es otra cosa y que frente tuyo, como una invitación a paseo, se para un ratito - pero solo un ratito ¿eh? -, el tren de la vida. Tiene un maquinista al que nunca le viste la cara y que seguro no verás jamás y un guarda que con señas desesperadas te dice que subas o lo vas a perder. Si te quedás en el andén, no podrás ver ni disfrutar de un paseo terrible y hermoso al mismo tiempo. No cruzarás puentes sobre arroyos sedosos que acarician la tierra mansamente, ni ríos tumultosos que todo lo arrasan con ímpetu infernal y criminal; no conocerás el miedo, pero tampoco sabrás el significado de la palabra valor; no llorarás, pero tampoco podrás esbozar una sonrisa y menos una carcajada; nadie te traicionará, pero tampoco habrá amigos leales; no tendrás sinsabores, tampoco sabrás lo que es la dulzura; no conocerás el odio, tampoco el amor.
Y como buen humano, aventurero, buscador y amante de lo desconocido, te subís al tren a ver qué pasa. Y allí, justo allí, comienza la mejor aventura: vivir;
tu equipaje es muy pequeño, apenas un puñado de sueños y una diminuta cajita de recuerdos. Pero el tren viene con todo lo que vas a necesitar, está en vos saber elegir y qué tener en la próxima estación, porque si el maquinista así lo quiere y el guarda no te baja antes, serán varias las estaciones que visitarás y cada una de ellas será distinta a la anterior. No sabes aún si mejor o peor, pero eso si, serán distintas.
Y en la última estación, cuando el guarda te avise que estás llegando a destino y te dispongas a bajar, dejarás en el vagón los sueños conque subiste - ya cumplidos o no - y te llevarás un arcón enorme en lugar de esa cajita tan pequeña de recuerdos con la que habías subido.

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