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EL COMBATE DE LA LOMA

¡¡¡¡Al ataque mis valientes!!! El grito sonó como latigazo en el medio de una geografía llena de frutales cítricos, caminos de lajas y ladrillos sueltos. Comandaba una tropa invencible e invisible; experimentada en batallas adversas, siempre en minoría; acostumbrada al sacrificio, la lucha y la defensa de nobles ideales; nunca había sido doblegada su tenaz  resistencia y no conocía las derrotas; al igual que Alejandro, ese, al que llamaban “El Grande” o como el Cid, al que llamaban “El Campeador”. Dirigía sus hombres con la firmeza y la seguridad de un líder carismático que infundía valor, amor por la lucha, sacrificio por la causa y confianza ciega en su jefe.
Subió a la altura de una loma y desde allí, mientras acosaba a sus enemigos con disparos certeros, sus lanceros atacaban por la retaguardia produciendo confusión  y desazón en el enemigo.
El combate ha finalizado; el triunfo fue total; el enemigo, acosado, diezmado, se ha acurrucado en un recodo de la cañada; ya no peleará mas. El soberbio adversario lame sus heridas lleno de pavor y no atina siquiera a escapar para salvar sus pocas tropas sobrevivientes.
Se incorpora y parado sobre la loma que le ha servido de mirador y centro de tiro, con su sable en mano apuntando al cielo, se dispone a lanzar el grito salvaje, lleno de lujuria por el triunfo, ordenando a sus soldados el exterminio total del enemigo vencido. ¡¡¡Sin prisioneros, es la orden!!!
Hombre de armas toda su vida. Fogoso, hábil, inteligente y lleno de bravura. No conoce el fracaso ni la aderrota; ha triunfado en mil combates y su pecho queda chico para albergar las medallas recibidas. Esta, la que está por finalizar con el exterminio de su enemigo presente, no es mas que otra de sus grandes proezas que, en un futuro no muy lejano, contaran los libros de historia y llenaran horas de relatos en las noches a la luz de los fogones de los campamentos militares y gauchos troperos.
De pronto, cuando ya bajaba su sable para que se ejecutara la orden, un grito angustiado lo detiene en su movimiento. Después…después …ese grito de angustia se transformó en un alarido de rabia y dolor; en una queja acongojada y llena de…de bronca contenida…
Pocos minutos le bastaron para entender que todo estaba perdido; bajando de la loma con lentitud, la cabeza gacha y el sentimiento de la derrota instalado en todo su ser, dejó caer el sable que lo acompañara en tantos triunfos y se encaminó hacia el patio de armas a recibir el veredicto final por su conducta.
Los aguerridos soldados lo acompañan en su destino. En el patio se junta el armamento de los vencidos: un sable armado con el vástago de un inflador; tres cañas tacuaras  con sus extremos armados con pedazos de hojalata ajustados con hilo chanchero; dos gomeras tipo “copita”; dos bolsas con piedras de canto rodado y una pequeña navajita; les han decomisado también un manojo de figuritas redondas con fotos de jugadores de fútbol, varias bolitas de colores y un anillo talismán con poderes especiales que al frotarlo daba suerte.
Vendría el juicio. Cuatro, cinco, seis preguntas. ¿Porqué? ¿sos loco? ¿qué te pensás? y cosas por el estilo. Y ya, ahí mismo, en el teatro de operaciones, testigo de tantos y tantos triunfos, es dictada la sentencia; sin defensa previa; primero la soba a zapatilla limpia y después, confinamiento en la pieza de cuatro por cuatro; sin salida a jugar a la pelota en el potrero, sin los dos pesos para el cine del domingo en la iglesia; a comer la sopa de verduras con cuáker calladito o venía el zurdazo y hacer los mandados sin demorarse demasiado o la sanción podía extenderse al infinito.
Mientras tanto, el padre verificaba los resultados de la batalla. Dos pollos muertos, tres gallinas con ala quebrada; un gallo con la pata rota y una clueca que abandonó el nido.
Esa noche, “en el cuartel” se cambió el menú; en vez de empanadas de carne, la soldadesca comió estofado de pollo con papas.
Mientras tanto, el general prisionero y confinado en su celda, ya está pergeñando su próxima misión. Una patrulla de observación en la plantación de sandías de la quinta vecina.

                                                                                                       Pedro Emilio Carlini

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