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Siempre, repetimos la historia

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En diciembre de 1828, Lavalle se levanta contra el Gobierno de Buenos Aires; depone al Gobernador; el Gobernador Manuel Dorrego lo enfrenta con sus milicias poco adiestradas y mal armadas; Lavalle se presenta con sus coraceros veteranos de la guerra con el Brasil; la revolución era instigada por los unitarios de Bs. As., entre ellos Salvador María del Carril, Juan Cruz y Florencio Varela; el Dr. Agüero y muchos más, que años mas tarde, serían proclamados prohombres de la patria; Dorrego es derrotado en Navarro y, al ser tomado prisionero, a instancias de Salvador María del Carril y Florencio Varela, fusila, sin juicio previo, sin causa que lo justifique y sin mas trámite, a Dorrego. Éste, antes de morir pide papel y lápiz y escribe dos cartas; una a sus conciudadanos pidiendo que su muerte no sea causa de mas derramamiento de sangre; pide unión de los argentinos y que su sangre sirva para la libertad de su patria; la otra a su esposa e hijas pidiéndole que no guarden odio por este acto injusto. ¿Porqué había que matarlo? porque, según Del Carril, era necesario eliminar al hombre que representaba el federalismo. Era necesario para establecer el unitarismo. Después, se pasó a degüello y se fusiló a todos los que colaboraron con Dorrego, incluso al mayordomo de una Estancia y a su familia por haber permitido el acampamiento de las tropas federales en sus tierras.

En 1956, un 9 de junio, varios militares fieles a Perón, derrocado en septiembre del 55 por las FFAA comandadas por Leonardi, Rojas, Aramburu y otros traidores militares que hasta no hacía mucho eran aduladores del gobierno, se levantan organizando una contrarrevolución con la intención de restablecer el sistema democrático y el regreso del líder al país. La contrarrevolución es sofocada, sus responsables perseguidos y detenidos; una gran mayoría de ellos son fusilados sin juicio previo, sin justificación alguna y sin ningún remordimiento. Políticos del momento, civiles, empresarios, miembros de la iglesia, artístas, ejecutivos y la oligarquía porteña, festejan este hecho. Muchos de los nombres de esos traidores asesinos, hoy son considerados próceres o beneméritos de la patria; muchas plumas ágiles y grandes literatos hoy día elevados a la alta dignidad argentina, apoyan, festejan y hasta logran puestos en el nuevo gobierno. 

El General Juan José Valle, cabeza de la contrarrevolución, es informado que va a ser fusilado. Pedro Eugenio Aramburu, por el Ejército y en ejercicio de la presidencia de la Nación y el Almirante Isaac Francisco Rojas, quien había sido edecán de Evita y amigo de Perón, firman la orden de fusilamiento. Valle, al ser anoticiado de su fusilamiento, pide papel y lápiz y escribe una carta al General Aramburu. El texto de esta carta llegó a mis manos hace años, muchos años. Aquí está. Por lo demás, Juzguen ustedes.

 

Carta del General Valle al General Aramburu antes de ser fusilado

Buenos Aires, 12 de junio de 1956.

"Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos.

Declaro que un grupo de marinos y militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mi bastaba. Pero no, han querido ustedes escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez mas su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.

Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija a través de sus lágrimas verán en mi un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen o les besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.

La palabra "monstruos" brota incontenida de cada argentino a cada paso que da.

Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las Instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos, sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95 por ciento de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido.

Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método solo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes.

Como cristiano me presento ante Dios que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conocerá un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable.

Así como nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la Patria.

                                                                                                             Juan José Valle

                                                                                                  Buenos Aires, 12 de junio de 1956.

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